La buena reputación del personal investigador

La buena reputación del personal investigador

La necesidad de comunicar es inherente a la ciencia. A lo largo de la historia, a través de la palabra y con el uso de unas u otras herramientas de transmisión, los científicos se han comunicado con la sociedad con el objetivo de despertar y mantener en el público el interés por su trabajo. Comunicar es la mejor manera, también, de fomentar la valoración de la ciencia y la labor del personal investigador y con ello, su reputación en la sociedad.

Hasta aproximadamente 2008, cuando comenzaron a hacerse populares las redes sociales como medio para comunicar ciencia, el prestigio de un científico iba asociado casi en exclusiva a sus resultados de investigación y a la comunicación de estos resultados en revistas revisadas por pares, así como las citas de estos artículos.

Ahora, ante el universo 2.0, el acceso abierto, los cambios en el consumo de información y la extensión de prácticas de comunicación colaborativa entre la comunidad científica, unido a otros factores como fraudes, malas prácticas y errores de bulto en las revistas científicas, esta medición de la reputación académica está, cuando menos, en entredicho.

En este artículo publicado previamente en el libro “Reputación, engagement y marca: gestión estratégica de intangibles para crear valor (Egregius, 2020)”, la profesora Mariola Conde (@MariolaConde) pone sobre la mesa la necesidad de alinear este sistema de medición tradicional de la reputación, basada en la producción científica y su comunicación a través de papers, con el uso de otros indicadores normalizados que tengan en cuenta la comunicación de los resultados de investigación en nuestra sociedad actual. La identidad digital, la producción y el impacto digital, la visibilidad, la interacción con los grupos de interés, el impacto en el entorno académico y en la sociedad en general y la huella digital son indicadores valiosos y que deberían de tener más peso a la hora de evaluar una buena reputación en el entorno 2.0.

Mariola Conde es profesora asociada de la Universidad de Zaragoza. Vocal de Innovación y Responsabilidad Social Corporativa de DIRCOM-Aragón y miembro de la Asociación de Periodistas de Aragón.

Ponte cómod@ y disfruta de esta interesante lectura. 😉

Necesidad de comunicar

Han sido las palabras y su conocimiento lo que ha permitido al hombre ser lo que es. Saber lo que sabe. De las casi 200.000 acepciones que se encuentran actualmente en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) hay 9.000 que son científicas.

Según pone de manifiesto la comisión de vocabulario científico y técnico de la RAE, es muy peligroso dejar esta parcela del léxico fuera porque no nos permitiría conocer bien la realidad. Por eso, los académicos trabajan para que las palabras científicas entren en el diccionario.

Los científicos son los encargados de desarrollar y utilizar un vocabulario que describa con precisión y rigor aquello que investigan. Una vez en uso los académicos filtran y recogen este vocabulario que se convierte en el medio de transmisión por excelencia de las nociones científicas. El lenguaje de la ciencia crece porque es un lenguaje creativo que ante la obligación de nuevas realidades saca a la luz nuevas palabras.

Por lo tanto, la ciencia empieza y se desarrolla y termina en la palabra. Su uso es imprescindible para comprenderla y comunicarla. La necesidad de comunicar, de dar a conocer aquello que se descubre y de lograr entender aquello que otros logran, es inherente a la ciencia. Sólo es ciencia la ciencia transmisible, dicen que dijo Leonardo Da Vinci, uno de los grandes científicos y divulgadores de todos los tiempos.

A lo largo de la historia, y también hoy, a través de la palabra y con el uso de unas u otras herramientas de transmisión, los científicos han comunicado ciencia con el objetivo de despertar y mantener en el público el interés por su trabajo. Es la manera, también, de fomentar la valoración de la ciencia y de la labor del científico y con ello, su reputación en la sociedad.

El valor de la reputación

“La reputación científica es el prestigio de un investigador obtenido gracias a la calidad e impacto de sus resultados de investigación.” (Fernandez-Marcial & González Solar)

Hasta aproximadamente 2008, cuando comenzaron a hacerse populares las redes sociales como medio para comunicar ciencia, el prestigio o reputación de un científico iba asociado casi en exclusiva a sus resultados de investigación y a su comunicación a través de revistas revisadas por pares, y con el indicador “citaciones” como el más destacado.

Ahora, ante el universo 2.0, el apoyo de las instituciones al acceso abierto, los cambios en el acceso y consumo de información y la extensión de prácticas de comunicación colaborativa entre la comunidad científica, unido a fraudes, malas prácticas y errores que salpican a diario a las revistas científicas, la medición de la reputación científica en citas y papers está, cuando menos, en entredicho.

Según un estudio sobre reputación académica encargado por la Comisión Europea, los investigadores son conscientes de los beneficios potenciales de utilizar la web y las redes sociales para la construcción de su reputación y para ello saben que necesitan construir y mantener su identidad digital.

Así que los investigadores manifiestan una mayor disposición para utilizar las plataformas digitales con el convencimiento de que ello mejorará su impacto académico y, por lo tanto, añadirá valor a su reputación.

De esta manera, la reputación académica ya no es solo el “prestigio” obtenido por un investigador y medido según el índice de publicaciones y citas en revistas indexadas, sino que debe tener en cuenta también el nuevo entorno en el que se desenvuelve hoy en día la comunidad académica y, por supuesto, las nuevas herramientas de comunicación colaborativa, el acceso abierto, el impacto social de las investigaciones y el comportamiento de las audiencias.

De la carta manuscrita al universo 2.0

El 16 de junio de 1612, hace casi 400 años, Galileo, uno de los más grandes científicos y comunicadores de nuestra historia, le dijo a su amigo el canónigo Paolo Gualdo: “Las he escrito en idioma vulgar porque quise que toda persona pueda leerlas”. Se refería a tres cartas tituladas “Historia y demostración en torno a las manchas solares”, publicadas en 1613 y que vieron la luz en italiano y no en latín, como se publicaba hasta entonces la ciencia. El matemático suizo Leonhard Euler, con sus “Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía” (1768-1772), el físico y astrónomo Pierre-Simon Laplace (1749-1827), y “el sistema del mundo” o “La historia química de una vela”, donde se recogen las famosas charlas de 1826 de Michael Faraday (1791-1867) reforzaron este incipiente contar la ciencia, más allá del ámbito científico, a la sociedad. También lo hizo Charles Darwin con sus obras “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” (1839) y “El Origen de las especies” (1859).

Unos años después, en 1922, el libro “Teoría de la relatividad especial y general” de Albert Einstein fue reeditado 14 veces y vendió 65 mil ejemplares. En España la visita de Einstein brindó la oportunidad de hablar de ciencia en universidades, sociedades científicas y periódicos.

Desde entonces, hasta ahora, las herramientas para contar la ciencia han sufrido una enorme evolución. Sin embargo, como en Lampedusa, el fin último se mantiene igual: los grandes científicos a lo largo de todos los tiempos han conseguido crear y reforzar su reputación con acciones de comunicación y de divulgación, movidos por la creencia de que informando a la sociedad de sus descubrimientos despiertan su interés y su implicación y defensa de su trabajo.

Los resultados de las investigaciones que contenían esos primeros libros científicos se comunicaban a través de cartas manuscritas que, en ocasiones, se presentaban acompañadas de otros informes más exhaustivos ante las Asambleas de las Academias. Esta incipiente comunicación de la ciencia era lenta y difícil, pero los grandes científicos consiguieron transmitir sus investigaciones y se canjearon el respeto de la sociedad, construyéndose una buena reputación, dejando huella.

A mediados del siglo XVIII, nacen las revistas científicas, en principio, como una derivación de un periodismo muy especializado que hiciera posible comunicar la ciencia de forma más rápida y segura que a través de cartas manuscritas y actas académicas.

Así, hace más de 350 años y casi simultáneamente nacieron las primeras revistas científicas:

  • “Le Journal des Savants” de la Academie de Sciences de París
  • “Philosophical Transactions” de la Royal Society of London

Su objetivo: comunicar los resultados de investigaciones realizadas en los campos de la física, química y anatomía. Desde el principio, las revistas científicas se basaban en la revisión por pares y el arbitraje era un proceso abierto a todos los científicos del área. A partir de este momento, los journals (y su revisión por pares) fueron adoptados como el medio más idóneo para comunicar.

En la actualidad, según Ulrich’s, el principal directorio de publicaciones periódicas, se contabilizan más de 340.000 publicaciones periódicas activas, de las cuales casi 100.000 aparecen categorizadas como revistas científico-técnicas, y de éstas, casi 60.000 cuentan con un comité científico que revisa los textos para asegurar su calidad.

Más del 45% de las noticias cuya fuente es un científico o un centro de investigación provienen también de estas revistas. El 62% de la información científica que se comunica se obtiene de cuatro cabeceras: Nature, Science, The Lancent y British Medical Journal.

Este tipo de revistas son el medio de comunicación para el ámbito académico, pero no es la herramienta idónea para llegar al gran público.

Con este último objetivo, el de llegar a la sociedad y de forma paralela a la aparición de las revistas científicas, los periódicos tradicionales comenzaron a mostrar su interés por temas científicos.

El auge de la comunicación científica en la prensa escrita se produjo en el siglo XIX al calor de grandes descubrimientos de la humanidad. La curiosidad por saber más de todos los avances científico tecnológicos fue, quizás, el revulsivo que hizo triunfar las páginas de ciencia en los medios de comunicación de aquellos años hace dos siglos. “Variedades de Ciencia, Literatura y Arte”, de Manuel José Quintana es un importante ejemplo de prensa ilustrada en España.

Tras el triunfo de la Revolución de 1820 la política desbancó a la ciencia en las páginas de periódicos y revistas. En marzo de 1867 Eduardo Gasset y Artime funda “El imparcial” que viene a llenar un hueco informativo importante, introduciendo nuevas secciones informativas, entre ellas, ciencia.

En los primeros años del siglo XX “Arte, ciencia, industria, progreso” era la leyenda que se podía leer en la entrada de la sede madrileña del periódico “El Sol”. Este diario fue uno de los más reputados e influyentes de su época desde que comenzó a publicarse el 1 de diciembre de 1917. Precisamente, ligada al diario “El Sol”, se puso en marcha Unión Radio, la tercera emisora de Radio en España, después de Radio Barcelona y Radio España de Madrid, y la primera en incorporar contenidos científicos.

Desde entonces, la radio ha conseguido mantener programas dedicados a ciencia y aparece, en los estudios de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología aparece como uno de los medios preferidos para acceder a la información científica. La radio pública, especialmente Radio 5 Todo Noticias (RNE) ha mantenido a lo largo del tiempo programas y secciones dedicadas a la ciencia. A hombros de gigantes, A su salud, Entre probetas, Respuestas de la ciencia o Ciencia al cubo son algunos de los programas científicos de mayor éxito de nuestra radio. Con la llegada de Internet, los podcasts han dado un nuevo aire a la ciencia en este medio y han surgido iniciativas como La buhardilla 2.0 o experiencias interesantes como la serie En clave de ciencia de Radio Unizar.

La primera guerra mundial y los nuevos cambios tecnológicos y descubrimientos científicos vuelven a incentivar el interés del gran público por la ciencia. En España, grandes y reconocidos filósofos y científicos como Ortega y Gasset, Besteiro, García Morente y Zubiri fueron también grandes comunicadores de ciencia.

Bajo el seudónimo “Doctor Bacterio», Santiago Ramón y Cajal sorprendía a los lectores de la revista La Clínica con la publicación de una serie de artículos de divulgación que llamó Las Maravillas de la Histología. Era el año 1883, unos cuantos años antes de que en 1906 le fuera concedido el Premio Nobel de medicina. Ramón y Cajal no es solo uno de los científicos más importantes todavía en la actualidad y el más citado en las 12.000 revistas médicas que se publican en el mundo, sino que es también pionero y entusiasta del periodismo y la divulgación científica y un ferviente defensor de la “ciencia con y para la sociedad”.

Unos años más tarde, en el verano de 1923 el filósofo y gran comunicador José Ortega y Gasset inicia la publicación de Revista de Occidente, que fue, para muchos la mejor revista cultural española y una de las mejores europeas.

Durante la Guerra Civil y los años de la Postguerra algunos medios siguieron reflejando temas relacionados con la ciencia cada vez en mayor medida, sobre todo a lo largo de la década de los 80. Los nuevos diarios que fueron surgiendo, “Avui”, “El País”, “Diario 16”, incorporaban en sus secciones de Sociedad información científica, escrita por periodistas especializados, así como colaboraciones de investigadores. La entrada en vigor de la Ley de Ciencia de 1986 fomentó, asimismo, la actividad científica en los medios de comunicación.

Desde entonces, el modelo de información científica en los medios impresos poco ha cambiado: los diarios de tirada nacional siguen ubicándola en la sección de Sociedad, aunque a lo largo de la última década casi todos los periódicos han ido incorporando suplementos especiales dedicados a la ciencia, en especial a áreas biosanitarias y de nuevas tecnologías. “Tercer Milenio”, editado desde 1993 por Heraldo de Aragón y “Futuro”, publicado por El País, fueron los primeros de España.

En la actualidad, el auge de Internet y la evolución en los modelos de consumo de los medios de comunicación ha cambiado también los medios de difusión y comunicación científica. Solo sobrevive Tercer Milenio como suplemento de ciencia en papel. Lo demás se consulta en las ediciones web de los medios de comunicación. Todas ellas, por ahora, en abierto.

Por otro lado, las revistas de divulgación como QUO, Muy Interesante o National Geographic se encuentran entre las cinco revistas mensuales más leídas en España, tanto en papel como su versión digital. También, otras revistas como Principia y Ballena Blanca.

Con respecto a la televisión, pese a tratarse de la fuente más consultada por la sociedad para informarse, según FECYT, no deja de ser preocupante el escaso contenido científico que ofrece. Así, las noticias sobre ciencia ocupan únicamente el 2,1 % del tiempo de los informativos frente al 45 % del espacio de los telediarios dedicado a la política y el deporte. Órbita Laika, Redes y tres14, fueron algunos de los pocos programas que consiguieron emitirse en late night. El escarabajo verde o La aventura del saber y El ladrón de cerebros, se emitían relegados a un segundo plano en La 2. Las televisiones autonómicas también emiten programas de ciencia, aunque muy tímidamente, como Quèquicom, en TV3 o En ruta con la ciencia de Aragón Televisión. La ciencia tiene aún menos protagonismo en la televisión privada, en la que únicamente encontramos de muestra los experimentos de El Hormiguero.

En cuanto a Internet, hay que resaltar el canal Indagando TV, la primera televisión dedicada a la ciencia y la innovación en España. Otro formato novedoso ha sido el de las tertulias Media2ciencia, organizadas por el científico y periodista Luis Quevedo, en las que se invita a especialistas científicos en temas de actualidad y se interactúa con los oyentes en directo usando la red social Twitter.

Comunicación colaborativa

En este panorama, Internet y las redes sociales han cambiado radicalmente la forma de comunicarse, dialogar y relacionarse en nuestra sociedad  actual.  Cada  vez  son  más  los  que  se  informan,  incluso exclusivamente, a través de ellas. Según el Estudio anual de redes sociales del año 2018, la población usuaria de redes sociales asciende a 25,5 millones. El perfil del usuario no difiere mucho en cuanto a edad y sexo. Las plataformas de preferencia para los españoles son Facebook y WhatsApp (87% de los usuarios cada una), seguidas de YouTube (69%), Instagram (49%) y Twitter (48%). El tiempo medio de acceso a las redes sociales por usuario en España es de una hora al día.

En la IX Encuesta de Percepción Social de la Ciencia realizada por FECYT, se pone de manifiesto que Internet y las redes sociales son ya la principal fuente de información sobre ciencia para las personas de entre 15 y 44 años.

Ante estos datos apabullantes, y teniendo en cuenta que el conocimiento y reconocimiento social es cada día más valorado a la hora de obtener apoyo –institucional y financiero- y dar legitimidad a su actividad científica, los investigadores se han rendido a la evidencia y han aceptado que el universo 2.0 es imprescindible en la construcción de su reputación.

Así, las redes sociales han revolucionado la comunicación de ciencia, avanzando desde la información unidireccional a través de papers y otros medios de comunicación tradicionales hacia la creación de un nuevo ecosistema de comunicación colaborativa entre la comunidad científica y la sociedad, sin necesidad de contar con ningún intermediario, haciendo posible, además, un diálogo mucho más enriquecedor para ambas partes.

Las redes sociales permiten a la comunidad científica escuchar a sus grupos de interés y establecer un diálogo directo con ellos, tanto entre la comunidad científica buscando sinergias, como entre un público más o menos informado pero interesado en temas científicos. A través de estos canales de comunicación colaborativa, los expertos pueden dirigir la conversación y fomentar el debate y conocimiento de los temas científicos entre la población en general.

Además, las redes sociales son también una vía para refutar informaciones falsas o tendenciosas, que circulan cada vez con más frecuencia en el universo 2.0 y, también, en los medios de comunicación tradicionales.

La pareja perfecta

A partir del año 2008 comienzan a aparecer las redes sociales científicas, que permiten comunicar los resultados o líneas de investigación de forma rápida, aumentar su visibilidad e impacto social y hacerlas más accesibles por su difusión en red. Además, permiten el diálogo, la búsqueda de sinergias y el conocimiento de otros trabajos de investigación, susceptibles de ser interesantes.

Son plataformas basadas en la comunicación entre pares. No están destinadas al público en general, solo a la comunidad científica. ResearchGate y Academia.edu son las más importantes en la actualidad.

Mención aparte merecen los blogs especializados. Esta herramienta de comunicación se ha convertido en la preferida por los científicos para comunicar sus investigaciones y sus estudios. Se suelen utilizar combinados con redes sociales para multiplicar la difusión.

El ascenso y uso generalizado por los científicos de estas redes sociales especializadas es una prueba de que este tipo de comunicación permiten a los investigadores establecer nuevas conexiones, mantener las existentes y mostrar logros, por lo tanto, ampliar las prácticas tradicionales de conversión de interacciones y resultados en términos de reputación, de forma mucho directa y rápida que en el modo tradicional.

Más allá de eso, las redes sociales académicas contribuyen directamente a la construcción de prestigio académico a través de su muy apreciada gestión de identidad digital en el entorno investigador.

En cuanto a las redes sociales generalistas, la red imprescindible hoy en ciencia es Twitter. Aunque no es la red social que más usuarios tiene, es la preferida por los investigadores-comunicadores más influyentes y por los periodistas especializados en ciencia, por lo que se convierten en un amplificador importante para las informaciones científicas que pueden dar el salto desde un perfil individual a un medio de comunicación generalista o especializado multiplicando su visibilidad y dando un punto más a la reputación del investigador o investigación.

Algunos científicos consideran que las redes sociales generalistas y la ciencia son la pareja perfecta. Las redes sociales permiten mantener relaciones más cercanas entre los científicos y la sociedad y son una herramienta perfecta para multiplicar la visibilidad y crear una buena reputación. Además, son los medios que tienen más facilidad para viralizar los contenidos.

Derecho y deber

Hoy en día, las posibilidades de comunicación científica son inmensas y apasionantes. Incluso la Administración Pública la ha llegado a reconocer explícitamente como derecho y como deber.

El Plan de acción “Ciencia y Sociedad’ de la Comisión Europea (2002) dedicó un capítulo a la “sensibilización del público”.

La Comisión Europea adoptó en 2005 una Recomendación relativa a la Carta Europea del Investigador y al Código de conducta para la contratación de investigadores en el que subrayaba la importancia de que las actividades científicas se den a conocer a la sociedad de forma que se comprendan por los no especialistas, para mejorar su comprensión de la ciencia.

En España, el artículo 38 de la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación Ley 14/2011, impone a las Administraciones Públicas el deber de “fomentar las actividades conducentes a la mejora de la cultura científica y tecnológica de la sociedad a través de la educación, la formación y la divulgación”.

Así, esta Ley, por primera vez en nuestro país, reconocía las actividades de divulgación y de cultura científica y tecnológica como consustanciales a la carrera investigadora, como vehículo idóneo para mejorar la comprensión y la percepción social sobre cuestiones científicas y tecnológicas y la sensibilidad hacia la innovación. Aún más, la Ley pide a las administraciones públicas que apoyen a las instituciones involucradas en el desarrollo de la cultura científica y tecnológica. El objetivo final es mejorar la formación científica e innovadora de la sociedad vertebrando las relaciones y el diálogo entre ciencia, tecnología, innovación y sociedad.

Desde el año 2014, el programa Horizonte 2020 apuesta por el concepto de “Investigación e Innovación Responsable (RRI)” por lo que cualquier proyecto de investigación financiado con dinero europeo deberá incluir criterios de RRI, entre los que se incluye la participación activa e informada de la ciudadanía en la investigación, para lo cual la comunicación de la investigación es un requisito indispensable. Aquí, el criterio de impacto obtiene mayor puntuación en la evaluación de un proyecto.

Impacto

El impacto es uno de los tres indicadores que usan los evaluadores de Horizonte 2020 para calificar la calidad de las propuestas de investigación; los otros dos son la excelencia y la calidad de la ejecución.

En los proyectos europeos, la reputación del investigador se analiza en función a su currículo individual o de equipo, así como la visibilidad de ese currículo. El impacto se mide según su producción científica, su participación en seminarios y congresos, sus actividades de divulgación, su participación en redes sociales y su aparición destacada en los medios tradicionales y digitales. Es decir, su identidad digital, su compromiso con la comunicación y su huella digital.

Por lo tanto, podemos entender el impacto como la repercusión, cualitativa y cuantitativa que tiene el trabajo científico en el entorno investigador; y la repercusión –conocimiento y reconocimiento- de la identidad y visibilidad del científico y sus investigaciones en la sociedad en general, a través de los medios de comunicación tradicionales y el entorno 2.0.

Un cambio de paradigma

En este marco, los indicadores de impacto en nuestro nuevo universo de comunicación 2.0 ha supuesto un cambio de paradigma que mantiene en tensión a la comunidad investigadora. ¿Por qué?

En la actualidad, el impacto reputacional de un investigador sigue manteniendo una férrea dependencia del impacto académico de los resultados de investigación publicados en las revistas indexadas. Lo importante no es la cantidad de artículos que el investigador escriba, sino las veces que es citado por la comunidad científica en posteriores publicaciones.

En este entorno, entre los años 2000 y 2010, han ido apareciendo los llamados índices de impacto, que establecen las veces que los artículos científicos son citados. Hoy en día tener un índice de impacto elevado puede ser decisivo para la carrera profesional.

Hay organizaciones internacionales que hace tiempo que llaman la atención sobre este hecho con propuestas como la “Declaración DORA”, que se firmó en San Francisco el año 2012 o el manifiesto suscrito en Leiden en 2015.

En definitiva, se plantea si estos índices que se están utilizando ahora son hoy, inmersos en una nueva fórmula de comunicación colaborativa y de acceso abierto, los más idóneos para evaluar el impacto real que pueda tener la investigación de un grupo o un individuo a lo largo de su carrera.

Pues bien, parece ser que este sistema ya no es considerado como el más idóneo para determinar la reputación de un investigador ni siquiera para calcular su impacto científico ya que, en la actualidad las nuevas tecnologías ofrecen a los investigadores muy diversas métricas alternativas con indicadores de impacto y reputación, conocidos como altmetrics.

Almetrics o “alternative metrics” son un conjunto de métricas alternativas dirigidas a medir la popularidad de un trabajo, en este caso científico, en las redes sociales. No pretende sustituir a las métricas tradicionales, sino complementarlas o mejorarlas. Así, son indicadores que tienen en cuenta la actividad e interacciones entre usuarios en el entorno 2.0: redes sociales, repositorios, gestores de referencia, índices de citas abiertos (GS) y blogs científicos, entre otros.

Por ejemplo, desaparecida Klout, la que mayor uso tuvo en tiempos, destaca TweetReach, Social Mention, BuzzSum, Sparktoro, Epicbeat, Empire Kred, Hootsuite y Sprout Social. Existen otras herramientas que superan el ámbito de las redes sociales, como Metricspot, Google Alerts y Google Analytics, que realizan informes detallados en la totalidad de las redes sociales.

TalkWalker realiza la misma acción añadida a un sistema de programación y monitorización similar al de Hootsuite y Sprout. Otras herramientas como BrandWatch, Audiense o Mention son de pago.

La buena reputación del personal investigador

La comunidad científica es cada día más consciente del poder de las redes sociales para construir una buena reputación. Los nuevos canales informales de distribución académica, proporcionan indicadores adicionales de valor.

Cada día irrumpe con más fuerza la necesidad de alinear el sistema de medición tradicional con el uso de otros indicadores normalizados más adecuados a la sociedad actual.

Por lo tanto, siguiendo la estructura de la Guía de Valoración de la Actividad de Divulgación Científica del Personal Académico e Investigador diseñada por CRUE Universidades Españolas y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) publicada en 2018, se propone ampliar los indicadores de medición en el entorno 2.0 teniendo en cuenta indicadores esenciales en este nuevo universo que deberían valorar:

  1. La identidad digital
  2. La producción y el impacto digital
  3. La visibilidad
  4. La interacción con los grupos de interés
  5. El impacto en el entorno académico, en los grupos de interés y en la sociedad en general
  6. La huella digital

¡Muchas gracias, Mariola, por permitirme reproducir parte de tu artículo en mi blog. 😉


Artículo completo en: Conde, M. (2020). La buena reputación (del investigador). En Reputación, engagement y marca: gestión estratégica de intangibles para crear valor (p. 11-32). Ediciones Egregius.

Foto portada: Pixabay

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